Durante años hemos recurrido a una imagen para describir cómo disminuye la participación de las mujeres a medida que avanza la carrera científica. La llamamos tubería con fugas. La metáfora ha sido útil para visibilizar un fenómeno ampliamente observado: una representación femenina que se reduce progresivamente desde la formación inicial hasta los niveles más altos de la investigación. Sin embargo, también puede simplificar una realidad mucho más compleja, porque sugiere que la pérdida ocurre de manera casi natural, como si el agua simplemente se escapara por una grieta. Pero las trayectorias científicas no ocurren en el vacío. Son el resultado de decisiones individuales, condiciones institucionales y estructuras que favorecen o dificultan la permanencia y el desarrollo académico.
Nuestro Reporte Tubería con Fugas 2023, elaborado con datos de la Universidad de la Frontera, entrega un dato difícil de ignorar. En la universidad, la participación femenina pasa de un 54,1% en el pregrado a un 27,7% entre quienes desarrollan investigación con grado de doctorado. La representación se reduce prácticamente a la mitad. El dato confirma que existe una disminución sostenida en la participación de las mujeres. Estos resultados persisten incluso en contextos donde se han producido avances importantes en materia de igualdad de género. Chile ha fortalecido su institucionalidad y muchas universidades han implementado políticas orientadas a promover la equidad, prevenir la discriminación y favorecer ambientes de trabajo más inclusivos. Estos avances son fundamentales, pero por sí solos no eliminan todas las barreras. La persistencia de la disminución en la participación femenina sugiere que, además de las desigualdades explícitas, existen factores estructurales asociados a la forma en que está organizada la carrera científica.
El modelo académico continúa valorando trayectorias lineales, productividad sostenida y disponibilidad permanente para investigar, publicar y competir por financiamiento. Sin embargo, esas exigencias suelen coincidir con etapas de la vida en las que muchas investigadoras asumen mayores responsabilidades de cuidado, lo que dificulta consolidar una carrera científica, especialmente cuando el sistema no cuenta con mecanismos suficientes para reconocer esas trayectorias o compensar sus efectos.
Al revisar con mayor detalle los datos institucionales aparece un resultado particularmente interesante. Si bien el reporte destaca la disminución de participación entre el magíster y el doctorado, la reducción más importante ocurre un paso después: entre las mujeres que ya obtuvieron el grado de doctorado y aquellas que efectivamente desarrollan investigación dentro de la universidad. Ese hallazgo cambia el foco de la discusión. El desafío ya no consiste únicamente en que más mujeres accedan a programas doctorales, sino en comprender qué ocurre cuando las doctoras intentan consolidar una carrera de investigación.
Justo en ese punto, las instituciones de educación superior tienen mayor capacidad de intervenir. Generar tiempo protegido para investigar durante los primeros años, facilitar la conformación de equipos, fortalecer las redes de colaboración, promover el liderazgo de proyectos y establecer mecanismos de mentoría son acciones que pueden influir directamente en la permanencia y el desarrollo de nuevas investigadoras.
También conviene revisar una explicación que suele plantearse: que existe una falta de mujeres interesadas en desarrollar una carrera científica. Los datos institucionales muestran lo contrario. En numerosas disciplinas, las mujeres representan una proporción importante del estudiantado desde el pregrado y mantienen una presencia significativa en el postgrado. Esto sugiere que el principal desafío podría no estar en atraer más mujeres hacia la ciencia, sino en generar las condiciones que favorezcan su permanencia, desarrollo y progresión a lo largo de toda la trayectoria académica y científica.
En una universidad regional aparece, además, una dimensión que pocas veces ocupa un lugar central en los diagnósticos nacionales. Hacer ciencia desde regiones suele significar menores oportunidades para construir redes internacionales, acceder a colaboraciones estratégicas o alcanzar la misma visibilidad que ofrecen los principales centros académicos del país. Para muchas investigadoras, las brechas de género y las brechas territoriales no actúan por separado; se acumulan y refuerzan entre sí. Como universidad pública del sur, conocemos esa realidad y tenemos la responsabilidad de aportar evidencia y propuestas que incorporen esta doble mirada.
La metáfora de la tubería con fugas permite instalar una conversación necesaria y hacer visible un problema. Sin embargo, no basta con medir cuántas mujeres permanecen en la carrera científica; también debemos comprender qué condiciones favorecen o dificultan esa permanencia. El reporte no representa un punto de llegada, sino el comienzo de una conversación basada en evidencia, orientada a evaluar si las acciones institucionales logran modificar las trayectorias de quienes desarrollan investigación.
Más que preguntarnos por qué disminuye la participación de las mujeres en la ciencia, hoy corresponde preguntarnos qué cambios debemos impulsar para favorecer su permanencia, desarrollo y liderazgo en la investigación. Responder esa pregunta exige revisar nuestras prácticas, políticas e incentivos, un desafío en el que las universidades tienen un papel fundamental.
Teresa Balboa Castillo
Directora de Investigación
Universidad de La Frontera




